Madre por segunda vez y mi primer hijo tiene Síndrome de Down

Tener un hijo con Síndrome Down y tomar la decisión de ser madre por segunda vez no es tarea fácil, pero sí es posible. Conoce la historia de Marcela

Volvió el miedo, pero mi respuesta fue: sí, quiero tener otro hijo. Nos preparamos emocionalmente para cualquier eventualidad, porque nuestro segundo hijo podría o no tener Síndrome de Down, podría o no tener alguna condición y entonces ¿qué íbamos a hacer? ¿estábamos realmente seguros? No, pero nos pudo más esa petición tan hermosa que mi hijo nos hacía cada noche, una hermanita y sí, siempre especificaba su género. 

Un segundo hijo: ¡Un nuevo regalo!

Cuando la naturaleza me ofreció el don de ser madre por segunda vez me estaba regalando la oportunidad de revivir todo lo bueno de mi primer embarazo.

En febrero 2019 después de varios meses de no usar métodos anticonceptivos, de seguir los consejos médicos, de comer cuanta cosa buena y evitar cuanta mala que me decían las abuelas, asumimos la responsabilidad más grande y la alegría más absoluta que nos da la naturaleza, el acto más maravillosamente irracional posible de dos enamorados, la decisión y representación de que el mundo debe seguir.

Esperanza, fuerza, vulnerabilidad, inocencia, futuro, valentía, pureza, amor y confianza, ella, mi nueva hija, se convertiría en dueña de todo esto.

Fue una noche fantástica y llena de alegría en la que supimos que seríamos padres de nuevo, ¡sí! los papás más ansiosos del mundo. Nos enteramos a poca luz en un baño tan estrecho que rozaban hasta los nervios, ese fue el lugar donde vimos esas dos líneas rojas que jamás olvidaremos, una no tan pronunciada, por cierto, y que nos haría dudar, pero aquel día tuvimos el privilegio de cumplir lo que habíamos soñado y que hoy es realidad, ser los papás de Juanes y Nicol. 

El amor desaparece las incertidumbres

Era hora de pensar en Juanes, ¿cómo lo asumiría?, ¿sentiría celos y esto afectaría la llegada de una nueva criatura? Decidimos contarle y él lleno de emoción y con toda su inocencia me besaba y me felicitaba. Pasaban los días, luego los meses, mi barriga crecía y él se aferraba más que nunca a mí, me protegía, me cantaba y me hacía sentir que todo estaba bien.

Una tarde sin mediar palabra decidí observarlo... Él jugaba en la cama con 4 peluches, una cobija y una almohada. Yo llena de ternura a punto de que se me salieran las lágrimas le pregunté: “¿a qué juegas?” A lo que respondió: “mamá, mormir (dormir) bebé, yo, papá y tú”. Fue en ese preciso momento en el que sentí que todos estábamos listos para la llegada de Nicol.

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El 9 de octubre 2019, después de varios días con contracciones, al parecer había llegado ese momento tan esperado. Juanes, como todo un hermano mayor, asumió la responsabilidad de ayudarme. Su comportamiento fue impecable, ya habíamos practicado ejercicios preparatorios para el parto y jamás olvidaré como meneaba mis caderas cada vez que una contracción aparecía. Llegó la noche y nos despedimos con la promesa de que volveríamos con su tan anhelada hermanita.

Pasaron dos días sin vernos, sin sentirnos y sin escucharnos, pero finalmente llegó la hora de la verdad: un encuentro que tendré guardado en mi corazón por el resto de mis días. Me bajé del taxi con las manos sudorosas y el corazón latiendo más rápido que una locomotora, Juanes estaba vestido de color rosado, gritó: “¡Mamá!, ¡bebé!” Y fue el primer beso, un beso no pedido, pero sí sentido, su primer beso de muchos, que ahora son más largos y que parecen eternos. 

¡Superando barreras!

¿Celos? Sí claro, ahora los hay ¿afectó su llegada? Sí, pero de la manera más hermosa ¿Tiene Síndrome de Down o alguna otra condición? No, y para saber eso nos sometimos a varias pruebas.

Ser el hermano mayor significa ahora para Juanes ser un modelo a seguir, además de sentirse constantemente amado, no solo por sus padres, sino también por su hermana. Él cada día quiere ser la mejor versión para ella y en todo momento ayudarle.

Es normal que tengan alguna inocente pelea, pero para eso estoy yo: poner límites y espacio personal dentro de nuestra familia, después de mi intervención cada uno da por hecho el amor que existe entre ambos y las palabras sobran, vuelven a jugar y a darse amor.

¡Hoy sin duda sabemos que tomamos la mejor decisión!

Marcela Castro Gaviria

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