Se vale ser diferente: Experiencias de mamá

¡Tú hijo es único! Las diferencias nos hacen inigualables al resto del mundo. Conoce el testimonio de Marcela y cómo ahora es mucho más feliz con su hijo con Síndrome de Down.

Está bien si eres rubio o moreno, está bien si eres alto o bajo…

Cuando empiezas a descubrir que lo hermoso está en las diferencias y que la belleza es subjetiva comienzas a ver el Síndrome de Down como algo natural. También comienzas a enfocarte en que sus capacidades son diferentes, pero a la vez es tan parecido a ti, ser quienes son ¡los hace felices!

La maternidad puede ser tan emocionante que te lleva a tus límites y a ver lo fuerte que eres, porque ser fuerte es la mejor opción y cuando te das cuenta, ya eres invencible y cada vez que creas que tu hijo no puede hacer algo ¡Lo hará!

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Las diferencias nos hacen únicos

Entonces, sí se vale ser diferente, tener gafas y usar ruedas, dejarte sorprender con sus capacidades y lo mejor, cuando sientas que tu mundo se volvió oscuro ¡él encenderá tu luz!

Se vale ser diferente y no importa si se llega a la meta de primero o de último, lo importante es llegar, eso es lo que cuenta.

Seguramente muchas de nosotras hemos utilizado a “San Google” para conocer de qué se tratan estas diferencias y vaya ¡qué error!, porque debido a la desinformación que existe es mejor acudir al personal adecuado, y lo más importante tener claro que todo ser es diferente, único y portador de muchas virtudes.

Es importante que, como mamás, empoderemos a nuestros hijos para que se reinventen, a que crean en sus capacidades y lo más importante a crecer con ellos, fortalecernos mutuamente para avanzar y soltar.

No tengas miedo, vas a superar los obstáculos

En este proceso llamado maternidad y más con un niño con Síndrome de Down siempre seguirán existiendo tropiezos y todas vamos a sentir en algún momento temor, sentir que no podemos más. Pero con el apoyo adecuado nos vamos a levantar, a vivir y gozar de nuestras diferencias para continuar nuestro camino hacia la felicidad.

Tal cual como me pasó a mí cuando llegó a mi vida el dulce hecho niño, mirándome a los ojos, igual de puro y oloroso como el viento de un cañaduzal. Sin siquiera imaginarlo conocí la más majestuosa obra y era mi hijo. 

Vi la felicidad de frente

Después de muchos sinsabores y una noche entera de trabajo de parto, a mí solo me importaba verlo y darle la bienvenida a este mundo. Casi sin oxígeno, dos pujones y ya por fin lo tenía conmigo, rojo como un tomate, un poco despeinado y ojos asiáticos, fue directo a la incubadora.

Una hora después, ya unidos en lo más privado, lo tenía solo para mí, para adentrarme en esos ojos azabaches y perderme en la textura arrugada de su piel. Sin más, unas horas después nos dieron salida, los tres tan inexpertos, pero tan emocionados nos fuimos sin darnos cuenta de lo que nos esperaba, sin embargo él estaba allí para hacer nuestras noches felices, para demostrarnos quien era y quedarse con nosotros. 

Viviendo la mejor experiencia: Ser los mejores papás

Era una experiencia increíble ver como se levantaba cada noche sonriente, sin llanto alguno, solo balbuceaba y hacia su boca patito, hasta su padre le parecía de otro mundo. Exhaustos nos desvelábamos mirando nuestra propia creación.

Era inimaginable como un ser tan pequeñito puede hacernos sentir algo tan gigantesco. Después de su llegada las flores tienen un color especial, los pájaros cantan más, el sol brilla con una nueva fuerza y cada noche las estrellas sonríen.

Aún hoy, después de tantos días de mi alumbramiento no salgo del asombro de que él sea una semilla que estuvo dentro de mí, reflejo de lo que siempre soñé.

Se vale ser diferente porque al final todos somos seres únicos ¡Qué vivan las diferencias!

Marcela Castro Gaviria

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